La producción ya no vale nada. Lo que decide qué merece ser producido vale más que nunca.
Hace unas semanas un amigo me contó, con cara de derrota, que un cliente le había mandado un brief redactado por ChatGPT.
No era un brief malo. Era un brief correcto. Estructurado, con sus apartados, con la jerga que tocaba. Diez minutos de un tipo que no sabe nada de comunicación pidiéndole a una máquina que le hiciera el trabajo de pensar.
“Para esto”, me dijo, “ya no me necesitan”.
Le dije que se equivocaba. Que para eso nunca le habían necesitado. Que eso ya lo hacía la plantilla de Word de un libro de marketing del 2015. Lo que pasa es que ahora se nota.
Esa es la frase. Lo que pasa es que ahora se nota.
Llevamos dos años escuchando el mismo debate sobre la inteligencia artificial. De un lado, los que creen que vamos a desaparecer todos. Del otro, los que creen que vamos a multiplicarnos por mil. Cada día, el mismo titular, con distintas caras. Y mientras el ruido se ocupa de eso, lo que de verdad está pasando se cuenta en silencio.
Está pasando esto: la producción ya no vale nada.
Producir un texto, un diseño, un esquema, una propuesta, un guion, una landing, una imagen — todo eso se ha vuelto trivial. Lo hace cualquiera con una suscripción de veinte euros al mes. Y eso significa, sin discusión posible, que lo que tenía valor por ser difícil de producir, ya no lo tiene.
Aquí es donde casi todo el mundo se equivoca.
Porque mirando el desierto que esto deja, se piensa: “si la producción ya no vale nada, todo el contenido ha perdido valor”. Y entonces vienen los lamentos. La queja del freelance. El miedo de la agencia. La pregunta angustiada del fundador.
Es un error de lectura.
La producción no vale nada. Pero lo que decide qué se produce —y por qué, y para quién, y cómo se nombra— vale más que nunca. Mucho más. Porque es lo único que la máquina no puede hacer sola.
Esto es lo que me lleva tiempo intentando explicar y no siempre consigo.
La IA no está acabando con tu profesión. Está separando lo que en tu profesión era ejecución y lo que en tu profesión era criterio. Y a una de esas dos cosas le acaba de bajar el precio al suelo. A la otra le ha subido. Pero como casi nadie distingue las dos, la mayoría siente que pierde valor cuando lo que está pasando es que el valor se le ha cambiado de sitio.
Lo dijo Sutherland hace tiempo y nadie le hizo demasiado caso: en los próximos años va a costar mucho más caro saber qué hacer que hacerlo. Eso es exactamente lo que estamos viendo. Lo barato ahora es ejecutar. Lo caro es decidir.
Y aquí viene la parte que casi nadie está diciendo: este cambio favorece a quien ha trabajado en serio durante años.
Porque el criterio no se compra. No se descarga. No se prompt-engineerea. El criterio se construye despacio, fallando, leyendo, equivocándose con clientes reales, viendo qué funcionaba y qué no, asumiendo decisiones con consecuencias. Y eso —que durante quince años fue mirado por encima del hombro porque no escalaba como los algoritmos— acaba de convertirse en el activo profesional más desigualmente repartido del mercado.
La gente con veinte años de oficio, con cicatrices, con clientes pasados a sus espaldas, no debería estar asustada. Debería estar entendiendo que el péndulo acaba de pararse en su lado por primera vez en mucho tiempo.
Y la gente que está empezando ahora no debería pensar que llega tarde. Debería entender que el camino corto a través de las herramientas no lleva a ninguna parte. Que lo único que va a contar dentro de cinco años es lo que esté construido a mano: voz propia, criterio formado, decisiones reales tomadas con clientes reales.
Volvamos al amigo del brief.
Le dije lo que de verdad pienso, que es lo siguiente. Si el cliente te manda un brief de ChatGPT y eso te angustia, no es porque la IA te haya quitado el trabajo. Es porque tu trabajo, hasta ahora, era hacer briefs. Y los briefs ya los hacen las máquinas. Lo que tienes que ofrecer ahora es lo que ese cliente sigue sin tener: alguien que sepa qué brief se debería estar escribiendo, y por qué, y para qué momento del mercado, y con qué consecuencias.
Eso es criterio. Y eso, ahora mismo, es lo único que vale.
La pregunta no es si la IA te va a sustituir. La pregunta, mucho más incómoda, es si lo que tú haces era ya algo que un programa medianamente decente podía haber hecho. Si la respuesta es sí, no es la IA quien te ha jubilado: es que llevas años haciendo trabajo que no requería tu cabeza, y nadie te lo había dicho.
Si la respuesta es no, enhorabuena. Tienes algo que de pronto tiene mucho más valor que ayer.
Lo difícil, ahora, es saber distinguir entre las dos. Y eso —no la IA, ni las herramientas, ni el último curso— es lo que va a separar a la gente que prospere los próximos años de la gente que no.
— Carles Figuerola